Marcela Mercado Luna

Mercado Luna Marcela

Es Licenciada en Letras Modernas (UNC) y Profesora de Lengua y Literatura y latín (IES). Ejerció la docencia como profesora de Nivel Medio en el Colegio Joaquín V. González y de Nivel Superior del Instituto de Formación Docente de Arte y Comunicación “Alberto Crulcich”.

Vinculada desde muy joven al quehacer editorial como correctora, dirige desde 2006 la Colección “La Ciudad de los Naranjos” de la Biblioteca Popular M. Moreno, además del sello editorial independiente: “Lampalagua Ediciones”, por ella creado en el año 2014. Dedicada a la crítica literaria y al periodismo cultural, fue columnista de El Independiente Digital, y colaboró también en medios gráficos y digitales de alcance provincial y nacional. Se desempeñó también como productora, conductora y columnista en distintos ciclos culturales radiofónicos.

Parte de su producción literaria (cuentos y poemas), fue publicada en antologías provinciales y nacionales. Como dirigente bibliotecaria, integra la Comisión Directiva de la Biblioteca Popular “Mariano Moreno”, la más antigua y grande de la provincia. Desde ese espacio se promueve la lectura entre niños, niñas y adolescentes de la ciudad capital y se ha llevado adelante un programa de difusión de la literatura en contextos de encierro.

  • Mención de honor Concurso Nacional Ediciones Baobab 2006.
  • Publicado en Antología Sol y Letras 2007.
  • Publicado por Biblioteca Popular Ciudad de los Naranjos en: Antología “Invitados a escribir 3”.
  • Publicado en: Antología Narrativa Argentina. Editorial Gaceta Virtual.2010

 

 

Verano tonto

 

Una vez estudié

en un librito de yuyos

cosas que sólo yo sé

y que nunca olvidaré

María Elena Walsh

Es lindo estar en la vereda y ver pasar a la gente.

Poca gente, pero pasan: algunos me conocen y me saludan. Otros marchan derechitos y sin mirar. Pasa don Tano con su burro de tiro, pasa el chango del pan casero, siempre a las tres y pico, con la canasta y el mantel a cuadros… Pero a mí, lo que me gusta es verlo pasar a Tebi el Tontito. Claro que Tebi no tiene horarios fijos.

Los chicos juegan en el montón de arena de la construcción de al lado, a la sombra del eucalipto, y yo me quedo junto a ellos. A veces me dejan que les ayude a hacer las pistas para los autitos pero generalmente me ignoran y yo no insisto: me quedo piola para que no me corran.

Las revistas, se mojaron todas con la tormenta de la otra noche. Estaban en el galpón de las herramientas que se llueve todo, y la mamá me las tiró sin preguntarme. Y bueno, me dio bronca aunque ya las había leído como mil veces. Eran revistas que me pasó la Marisita: “La Pequeña Lulú” y “Archie” eran. “Archie” me encanta… Ya está, para qué voy a seguir pensando en eso. Total, siempre encuentro algo para hacer. Miro el cielo a ver si aparece por ahí una nube y eso es divertido porque las nubes traen formas inesperadas.

Los chicos no me hacen caso cuando les digo que miren las nubes, pero a veces son tan, tan igualitas a las cosas, y tan espesas, que hasta ellos dejan los autitos y se acuestan panza arriba conmigo en la arena y se entusiasman más que yo, y gritan adivinando nuevas figuras cuando la nube empieza a cambiar… Como aquélla que comenzó siendo un perro salchicha y luego se hizo avión y al final, dragón degollado, ¡cómo nos reímos!

Pero, para ser sincera, en verano y sin revistas, me aburro un poco estando todo el día afuera, por eso a veces me entro a la casa y me siento al lado de la mamá que plancha pilas y pilas de sábanas blancas.

–Lavate las manos Susy si te vas a quedar aquí.

–Bueno mamá, pero si no le voy a tocar nada.

–Lavate igual, que venís toda enchastrada de la arena y a mí me cuesta mucho sacarle el blanco a estas sábanas, ya sabés.

Sí que lo sé, pobre mamá. Es su trabajo y lo cuida. Me lavo y me quedo con ella. Los chicos ya saben que si lo ven pasar a Tebi el Tontito me tienen que avisar. Porque a Tebi no me lo pierdo. Yo me siento en la verja y le digo: “Chau Tebi”, y él me contesta: “Chau señorita”, como si yo fuera grande.

Siempre solito, siempre con una media sonrisa en los labios y la mirada atenta y lejana a la vez, como si siguiera a algún ser alado que le marcara el camino.

–Mamá ¿por qué a Tebi le dicen el tontito?

–Porque es tontito

– ¿Por qué?

–Porque no puede aprender como vos, no puede ir a la escuela, no puede sumar ni restar.

– ¿Y leer?

–Tampoco.

Y yo me concentro en recordar la mirada de Tebi y no le quiero decir a la mamá lo que pienso (que no es tontito sino mágico), porque sé que me va a decir “dejate de hablar macanas, chinita”, y me va a mandar a hacer alguna cosa útil. Y es que siempre que hablo de más, se acuerda de que en vez de hablar yo podría hacer algo útil. Entonces me inventa juntar las hojas caídas de la morera, o lo peor de todo: lavar los juguetes. A los juguetes es imposible dejarlos limpios porque ya vinieron así, sucios y gastados de la casa del doctor y los tenemos a todos en una bolsa de lona debajo de la morera. De ahí los sacan los chicos cada vez que quieren arreglar los autitos o hacer un paisaje distinto en su pista de carrera. Pero yo ni los toco. No me gustan los juguetes viejos. Por eso les pedí a los Reyes Magos que me trajeran una muñeca igual a la de la Marisita. En realidad fue la Marisita la que me dijo: “la única forma de conseguir una muñeca como la mía es que se la pidas a los Reyes porque tus padres no pueden comprártela”. Pero los Reyes me trajeron una muñeca para pobres nomás. Me desilusioné al principio y al final le agarré cariño… Eso sí: cuando venían los del doctor a pasar el fin de semana a la finca, la escondía bien para que no me la viera la Marisita, porque iba a pensar que a mí los Reyes no me querían tanto como a ella, porque a ella, seguro, le habían traído una muñeca más hermosa que la del año pasado. Mejor ni verla.

La mamá ya va por la segunda torre de sábanas y yo la miro y me pregunto si ella se dará cuenta de que a sus hijos los Reyes no los quieren como a los hijos del doctor. No se lo menciono al tema, y tampoco le cuento que escondo mi muñeca cuando vienen ellos. Igual no importa, porque ahora que pasó más de un mes, la Marisita ya se olvidó de los Reyes Magos. Es carnaval y han venido a quedarse muchos días en la finca, porque el domingo de entierro su papá y todos los amigos, van a armar una gran chaya aquí. Como hicieron siempre, dice la mamá, menos el año pasado que han estado de luto, pero yo no me acuerdo.

– ¡Susy, ahí viene Tebi! –. Me gritan los chicos, y yo pego el salto.

La mamá alza la cabeza sin mover la plancha de la sábana y me mira con cara de cansancio:

–Por favor, m’hija, deje en paz a ese insano.

–Si no le hago nada mamá, sólo lo veo –digo, y ya estoy corriendo por el zaguán.

Miro para el lado de la forrajera y ahí viene. Se recorta al fondo de la calle su figura medio rechoncha. De lejos parece un señor petiso y pesado: no es rengo pero se ladea como si le molestara algo en un brazo o en la pierna. Avanza lento. Desaparece en el badén y entonces me acomodo en la verja y espero que suba otra vez. La espera es larga y honda como el badén mismo… Y ahí está, muy cerquita nuestro.

–Aquí viene, chicos, aquí viene –digo.

Los chicos levantan apenas la cabeza de la pista de autos y lo miran como por compromiso, antes de volver a sus carreras.

–Chau Tebi –lo saludo suavecito, tratando de dominar mi emoción. Tebi gira como buscando de dónde viene esa voz que lo nombra. (Aunque cada día lo hablo desde el mismo lugar de la verja, mi saludo es siempre inesperado para él). Enfoca la mirada, parece hacer un gran esfuerzo hasta ubicarse. Y ahí sí, me ve. Sonrisa achinada, lengua gorda asomando entre los dientes, mano pequeña y redonda:

–Chau, señorita.

Le alegra saludarme. Eso se nota, porque la sonrisa de Tebi es lo más sincero que existe sobre la tierra.

Sigue su camino sin detenerse y yo lo observo…

–Chicos, yo sé algo que nadie sabe –irrumpo en el arenero sin que me llamen. Ellos me miran por toda respuesta o por toda pregunta y yo me explayo:

–Tebi es un ser visible de un mundo invisible.

– ¿Y cómo es eso? –uno de los tuercas está empezando a interesarse.

–Él vive rodeado de seres mágicos

– ¿Vos decís hadas?

–Hadas, pajaritos de colores…, bichitos de luz…

– ¿Pajaritos mágicos?

–Sí, mágicos. Todo ese mundo es mágico, pero es invisible ¡Y Tebi lo ve!

–Yo tengo un ángel pero no lo veo

–Claro: todos tenemos un ángel y no lo vemos

– ¿Y Tebi lo ve?

–Tebi lo ve.

– ¿Y vos cómo sabés eso?

–No puedo decirlo. Es un secreto pero lo sé. Y los chicos estiran el cuello y miran a Tebi que va desapareciendo calle abajo, hasta perderse detrás de los nogales de los Soria.

—————— oOo ——————

Hoy me he bañado y la mamá me ha dado la esponja para fregarme las rodillas porque viene mucha gente a la finca. De la ciudad, y también los vecinos importantes del pueblo, los dueños de las sábanas que lava la mamá. Y hasta los peones y los pobres van a venir. Es el domingo de entierro y el doctor arma la gran chaya.

El tata y Ramón han hecho un pullay, con diarios y estopa y lo han llenado con los petardos que les trajo de la ciudad el doctor. Igualito a un hombre con una gorra vieja del tata. La camisa y el pantalón también son del doctor. “Un desperdicio, ropa nuevita para que explote” dijo el tata mientras lo vestían. Ramón, mudo; y la mamá que justo andaba descolgando la ropa de la soga le contestó al tata que armara calladito el muñeco como le había ordenado el doctor. “Vos a veces no entendés nada, Negro”, dijo la mamá que siempre le explica al tata las cosas de La Rioja porque él es de San Luis y no sabe. Y el tata que es medio artista para hacer formas lo dejó perfecto, con su esqueleto de cuetes y la cara pintada del mismo color que la piel de las personas.

Y aquí está el pullay en su gran día. Al lado del quincho lo han puesto. Muy sentadito en un tronco, muy bien empilchado, igual que yo, que me fregué las rodillas y me puse el conjunto rosado para esperarla a la Marisita que ya me va a pegar el grito desde la casa grande. Ella me ha dicho que pasaremos el entierro juntas, para que nos cuidemos de su hermano Jorge, que va estar con un montón de amigos de la ciudad. Jorge es muy alto y muy de hacerse el cumpa con todos. La gente aquí lo quiere; y andan todos tras de él. Jorgito de aquí, Jorgito de allá. Yo no lo hablo nunca porque me da vergüenza, pero lo miro desde lejos. Es distinto a los changos de acá. Por eso lo miro, para descubrir el secreto de la diferencia: el pelo brillante y castaño, la piel suave, dorada…, la ropa colorida, pero más que en esas cosas, hay algo en la forma que tiene de moverse, de reírse, de meter a todos en su conversación. Como si fuera un imán del costurero. Él es imán, y todos los demás, alfileres de metal. Cosas que se me pasan por la cabeza… Y es que no puedo parar de pensar. Mis pensamientos van cambiando de formas como las nubes: de una cosa a otra, y a otra, y así…

Ha empezado a llegar la gente. La Marisita me busca y nos paseamos de aquí para allá espiando los preparativos, hasta la hora de comer. Con la comida empieza la fiesta. Una fiesta alegre. Grandes y chicos nos estamos divirtiendo por igual. Hay asado y choripanes, empanadas, barras de hielo que se descargan en la tina, mucho vino y gaseosas. Baldes con albahaca en las cuatro esquinas del quincho. Ramitos de albahaca en las orejas de todos. Olor a albahaca en el aire.

De a ratos, los grandes chayan como locos, se tiran harina, agua, y hasta la soda de la mesa se echan encima. De a ratos se tranquilizan y ahí los cantores hilvanan una canción tras otra y es hermoso escuchar cómo cantan. La madre de la Marisita sale a bailar cuando tocan chacarera y los demás acompañan con palmas y se olvidan de mojarse; pero en cuantito se les da a los músicos por tocar chaya, ahí empiezan todos a gritar y corren a tirase agua de nuevo y a echarse harina, los varones a las mujeres y las mujeres a los varones. El doctor quiere que todos se metan en la fiesta, y la mamá es la primera en instalarse: la mamá y Ramón, pero lo que es el tata, él no se acerca. “Está bien, gracias; ya voy a ir” dice cuando el doctor lo llama, y se queda en un riconcito, medio distante de la bulla, mirando nomás. En cambio la mamá se transforma en carnaval. Es chayera de alma, se le nota. Se ríe, juega, no tiene vergüenza de los patrones ni de nada. Y hasta hace cosas que me asustan, como eso de pasarle la mano llena de harina al doctor y dejarle la cara blanca, blanca. Yo estoy viendo todo con la Marisita y sé que a ella no le gusta nada que lo enharinen a su papá, pero el doctor se lo toma a la risa y ahí nomás le devuelve la enharinada a la mamá.

Cuando nos aburrimos de mirar a los grandes, nos vamos a llenar bombitas en la canilla de afuera. Y se las tiramos a los autos que pasan. Total, tenemos un montón, porque todo el mundo nos regaló bombitas. Los chicos tiran también: cómo estarán de divertidos que ni los autitos sacaron a la arena. Ellos tienen buena puntería y cuando las hacen reventar en los parabrisas, nos escondemos detrás de la verja por las dudas baje un conductor furioso. Pero es al vicio porque nadie se enoja.

La Marisita no quiere que le tiremos a su hermano:

–Tengan cuidado con Jorge –nos advierte en voz baja–, no le vayan a tirar ni a él ni a los amigos. Ellos tienen bombitas con sal.

– ¿Con sal?

–Sí, con sal. Para que duela.

– ¿Y por qué quieren que duela?

–Porque son así. Malos. Mejor, no los provoquemos.

Yo no digo nada pero no le creo a la Marisita. Lo que pasa es que ella le tiene un poco de envidia al hermano y por eso lo hace quedar mal.

Entre las corridas de la canilla a la vereda, me parece verlo a Tebi a la altura de la forrajera. El aviso de los chicos me lo confirma:

–Susy –gritan–, ahí va a pasar Tebi.

–Vamos –le digo a la Marisita–. Vamos a verlo a Tebi el Tontito.

– ¿Y qué le ves a Tebi?

–Nada. Me gusta saludarlo. ¿Vos no lo saludás?

La Marisita me sigue, mientras ata el nudo de las bombitas que acabamos de llenar. Y Tebi ya está pasando frente a nosotros.

–Chau Tebi –le grito mi saludo como siempre, y también como siempre, Tebi se esfuerza por salirse de su mundo mágico para dedicarme su “chau señorita”. Pero algo distinto sucede luego: la Marisita larga una carcajada y me sacude burlona:

– ¡Señorita! ¿Qué?, ¿sos maestra vos?

–No te riás, él dice así, nomás.

Tebi se ha detenido, mirando nuestros movimientos y ahí la Marisita aprovecha para hablarlo.

–Vení, Tebi, vení, ¿sabés jugar carnaval?

–No sé –contesta Tebi, sin entender muy bien.

– ¿Te gusta el carnaval?

–No sé –repite él.

–Vení, te vamos a enseñar.

Es tremenda la Marisita, cómo se atreve. Yo nunca lo hubiera sacado a Tebi de su mundo por tantos minutos, pero ella está empeñada en meterlo en el juego de bombitas. Así que le pone una en la mano y le enseña a tirarla contra el eucalipto. A Tebi le entusiasma la cosa, y empieza con los bombazos uno tras otro, reventándolos en el tronco añoso.

A todo esto, Jorge y sus amigos se han ido acercando, encandilados por la vista de este pasajero misterioso. Nos rodean de pronto como si fueran una invasión. La Marisita le hace jurar a Jorge que no usará contra nosotros las bombas de sal. Ni él ni los amigos. Y tras una ceremonia de promesa, se unen a nuestro grupo. Ahora que los tengo cerca, ya estoy pensando que tal vez la Marisita no miente en eso de las bombitas con sal. La presencia de estos changos es incómoda. Su única atracción es Tebi: lo hablan, le preguntan pavadas, festejan con exageración sus respuestas. Creo que son tontos.

Tal vez entusiasmado por la docilidad de Tebi, Jorge pone en funcionamiento su imán de atraer gente. Le palmea la espalda, no sé qué le dice, le ofrece choripán y lo invita a pasar. Los amigos aplauden la idea de Jorge y escoltando a Tebi, se entran todos por el portón, derecho a donde está la fiesta.

La Marisita y yo los seguimos como dos alfileres más. Tebi contrasta con los changos, todos esbeltos; y él, caminando a su lado, parece más retacón todavía. Llegan a la zona del quincho y arman una pequeña rueda. Tebi, muy integrado, se ríe, recibe un vaso de plástico y un choripán. Bebe, come, está feliz. Los amigos de Jorge se mueven como un solo bloque, se dicen bromas, hablan entre ellos y de vez en cuando se dirigen también a Tebi, que sigue deslumbrado en medio de esa algarabía.

Jorge se adelanta con una silla en la mano:

–Vení, Tebi, ¿querés sentarte?

–Sí –contesta Tebi, con su carita sonriente, más achinada que nunca.

En un instante, el acto de sentarse se transforma en una caída torpe sobre un charco de barro y harina. La carcajada general brota como una cascada imparable. Y es que, calculando el momento justo para provocar el porrazo, Jorge ha retirado la silla ofrecida.

Los amigos ríen y gritan y lloran de la risa. Los chistes sobre Tebi abren compuertas de más y más carcajadas. Tebi también ríe, un poquito, antes de girar la cabeza hacia un lado, buscando focalizar la mirada, como cuando sale de su mundo mágico para contestar un saludo. Se levanta todo embarrado y trata de rescatar del lodo su vasito plástico.

Sensación rara: tengo algo en la garganta, como si me hubiesen lanzado al cuello una bombita con sal, de esas que duelen. Pero no. Nadie ha tirado. La cosa está adentro. Los changos ahora se alejan para el lado de los cantores. Las risotadas y los gritos se van con ellos. Corro a buscar otro vasito; lo lleno con Fanta, que es lo primero que encuentro en la mesa y se lo traigo a Tebi, que ha comenzado a caminar hacia el portón de la salida.

– ¡Tebi!, esperá.

Él se detiene sin volverse hacia mí.

–Tomá –le estiro el vaso.

Mirando el suelo, niega con la cabeza, como un niño ofendido.

–Tomá. Es Fanta. Como tu vaso se cayó…

Vuelve a negar y los labios se curvan hacia abajo como si hiciera pucheros, pero no llora

– ¿Estás enojado?

Niega otra vez sin palabras. Se está yendo. Lo veo salir, abatido, como si la espalda le pesara mucho. Lo sigo hasta la calle. La tarde le dibuja una sombra larga y finita. Cierro los ojos con mucha fuerza y me concentro en un deseo poderoso: “que vengan sus hadas, que vengan sus pajaritos mágicos, que levante la cabeza, que lo envuelva otra vez su reino invisible”. Abro los ojos: Tebi camina calle abajo como un guerrero vencido; desaparece tras el primer nogal. “Estos deseos no son inmediatos” empiezo a decirme, justo cuando la Marisita me está buscando para el topamiento.

–Vení Susy, que después ya queman el pullay –me dice.

–Ya voy –suspiro sin entusiasmo.

– ¿Y Tebi?

–Se fue –contesto, y busco en la Marisita una palabra, una mirada de comprensión, de piedad para Tebi, porque las dos vimos lo que hizo su hermano. Pero ella no entiende de magias rotas. Se enoja:

–Cómo que se fue. Este sí que es tonto en serio. Se va antes de quemar el muñeco.

—————— oOo ——————

Ahora que se volvieron todos a la ciudad, estoy pensando qué haré hasta que empiecen las clases. Los chicos me llaman para que les ayude con una pista nueva. Pero no tengo ganas de estar en la vereda. Tebi no contesta mi saludo y baja la cabeza al pasar por aquí.

Así que tengo que buscarme algo: en el zaguán hay una pila de revistas “El Tony” que el tata rescató de la basura de la casa grande. La mamá dijo que las va a mirar primero, a ver si me deja leerlas a mí, porque todavía soy muy chica y esas cosas que bla bla bla.

Y bueno, espero que las mire de una vez y me dé permiso la mamá. Porque a la vereda no voy. Y es que ya pensé bastante en este asunto de Tebi, y me di cuenta de algo. Porque yo, cuando pienso, puedo entender muchas cosas: cada vez que Tebi me ve, se acuerda de “aquello”, y entonces, de golpe, su mundo empieza a ser invadido por risotadas torpes y caídas y sillas que lo esquivan y barro. En ese momento, los seres mágicos –que son muy asustadizos– se espantan, huyen, lo abandonan. Y él se pone más triste todavía y al final se rodea de pura tristeza.

Y yo no soy quién para hacerle esto a Tebi. Yo puedo entretenerme con otras cosas pero él, él sólo tiene su reino invisible…

 

Primer premio. Concurso FEBRERO CHAYERO 2012 Organizado por la Dirección de Letras del Área de Patrimonio Cultural de la Municipalidad de La Rioja.

 

 

Fábula de la mariposa

A María Rosa, lejana, mariposa…

La mariposa voló una mañana más allá de su cantero de geranios, y se aventuró audaz a penetrar en un majestuoso jardín de inagotables verdes y colores. Aunque había escuchado hablar de la existencia de tales jardines, jamás se atrevió ni siquiera a soñar con uno de ellos, tan contenta vivía entre sus sempiternos geranios colorados.

El descubrimiento fue casual: una mañana cualquiera (diáfana y amarilla como cualquier mañana), el mecánico rito de desplegar el don de la libertad, un espacio infinito para ejercerla, y el vuelo matinal, cotidiano y necesario.

Fue la insistencia del perfume al sobrevolar el lugar lo que la hizo desviar el rumbo, unos aromas embriagadores que la llamaron desde el fondo de las sombras húmedas. Se acercó a indagar su origen: innumerables flores de los más variados tamaños y formas poblaban las cuidadas terrazas, los canteros simétricos y los macetones dispersos aquí y allá. Perfumes y colores la saludaban. El sonido amistoso de una caída de agua sumaba cascabeles al recibimiento de su visita.

Esta visión paradisíaca sin embargo, no hubiera sido suficiente para hacerla perderse (como finalmente se perdió) y olvidar su humilde patria, de no haber sido por el jardinero.

Aunque lo vio junto a las flores en su vuelo de descenso, no le dio mayor trascendencia aquella vez. Pero, eso sí, lo espió con recelo en los breves revoloteos que ensayó, tímida, para desplazarse de una flor a otra. Creyó percibir cierta simpatía en su mirada y esto la animó a demorarse en la imprevista estación de su paseo matinal; la animó también a regresar al día siguiente.

– ¡Qué criatura más bella!

El jardinero le habló.

– ¡Qué criatura más bella! Nunca había visto nada igual en mi jardín.

La mariposa sintió un júbilo nuevo y aleteó coqueta sobre la cabeza del adulador. Él caminó hacia lo rosales.

–Son tuyos –le dijo–, todo lo que tengo te pertenece.

 

No pensó en quedarse. Pero volvió una y otra vez a ese lugar de sueños. Él la esperaba en la sombra y la recibía con ternura.

–Mi reina –la saludaba al verla llegar–, al fin el día se ilumina. Me haces tan feliz.

Ella sorbía los néctares de las rosas, de los jazmines, de los lirios. Se embriagaba quizá un poco, pero lo que en verdad la alucinaba, era la compañía de ese nuevo y singular amigo, los paseos soleados y sombreados junto a él, la música compartida del agua de la fuente, su voz (mi reina) su risa (me haces feliz) su magnético lenguaje (nunca he tenido una mariposa tan bella). Sintió que ése era su destino, y apenas si regresaba de vez en cuando a trazar unos vuelos de compromiso sobre el cantero de geranios. Creyó que había alcanzado el paraíso. Y vivió en él como si fuese eterno.

Una tarde, el jardinero (él estaba taciturno, pero ella confiaba en su propio poder alado) se desvió en la caminata por los senderos del jardín y penetró en una habitación gris. Ella como siempre, lo seguía deslumbrada.

La desconcertó al principio, esa repentina oscuridad, y se quedó, inmóvil, en la arista de algún mueble que no lograba distinguir. Esperaba escuchar la voz amistosa para correr al hombro de su dueño y continuar el paseo al amparo de su tibieza, pero el silencio era tan nuevo como la lobreguez del lugar. Fue un instante. Sintió una punzada fría atravesando su cuerpito frágil, y sus alas se desesperaron en un vaivén enloquecido, pero el vuelo no respondió.

–Siempre serás mía, mi reina, siempre estarás aquí.

Dolorida, se sintió transportar y fijar con firmeza sobre un plano vertical. Jardinero, jardinero, no era posible. Le parecía estar viviendo una pesadilla falaz. Movió de nuevo las alas en un vano intento por liberarse: recordó la leyenda de una mariposa literaria, que atravesada por el alfiler de oro de una cruel dama oriental, había sorteado lejanías y océanos en busca de su victimaria hasta hacerse justicia. Pero no tuvo fuerzas para imitarla. Su mirada agonizante comenzaba a acostumbrarse a la oscuridad. Observó cómo el jardinero se alejaba. Y advirtió (ojalá nunca las hubiera distinguido) que cada una de las paredes del cuarto estaba tapizada de paneles de mariposas: violetas, amarillas, azules, multicolores… decenas de ellas, todas hermosas, todas reinas, todas únicas.

Invocó el poder de un vuelo definitivo que dejara atrás el paraíso maldito, reconstruyó en la evocación el camino que llevaba al buen cantero desdeñado, y hasta creyó divisar los geranios desde la altura de su evasión, pero ya no pudo acercarse a ellos. La vida se le iba. Y la ilusión del regreso murió con ella para siempre en el panel del coleccionista.

 

 

Bufanda de angora

Me gusta quedarme en casa de la abuela. Ella teje junto al ventanal del comedor, y yo me acomodo a su lado con mis cuadernos, a dibujar. Cuando estamos las dos solas conversamos un poco: yo pregunto cosas y ella me contesta. A veces ríe de mis ocurrencias. Nos gusta eso, y también nos gusta callarnos, con esos silencios leves que apenas quiebra el susurro de las agujas de metal de la abuela –que van y vienen, van y vienen– y de mi cuaderno, al dar vuelta la hoja. Cuando un silencio así nos envuelve, la abuela dice que pasó la Virgen… sonríe y regresa a su tejido. A veces dejamos que la Virgen se pasee un rato por el comedor y retomamos el diálogo.

Amo esos momentos, las dos solas, porque a su lado me siento especial e importante. Los amo además, porque son escasos.

Es que la casa de la abuela suele aturdirse de voces, conversaciones y sonidos diversos, especialmente a la hora del cafecito, como llama la abuela a la sobremesa, cuando las tías y las primas más grandes vienen a tejer también y a hojear las revistas de modas que traen consigo. Suelen tomar café mientras tejen y comentan las últimas tendencias de la temporada o se consultan sobre la conveniencia de hacerse tal o cual modelo nuevo. Yo me voy replegando, con mi cuaderno, a un espacio cada vez más estrecho, a medida que la mesa del comedor se llena de revistas, pocillos, copitas de licor… y de ovillos de lana que alguna mano acomoda, unos al lado de otros, para apreciar la combinación de los colores que irán a convertirse en, por ejemplo, ese pulóver que luce Teté Coustarot en la tapa de Para Ti

Mis primas mayores son muchas y hermosas. Yo las miro de reojo sin dejar de dibujar y las escucho hablar: de sus novios, de sus pelos –brillantes, lacios, perfumados– y también de los novios y los pelos de las chicas de las revistas. Aunque sin intervenir en sus diálogos, asisto en silencio a ese mundo glamoroso que siento lejano, inalcanzable. Cuando hay una fiesta de 15, los comentarios duran casi toda la semana, y son bastante interesantes: Mónica, que sabe encontrar el lado chistoso de las cosas, hace reír a todas con sus ocurrencias. Yo me río con ellas, y sueño también: sueño con hacerme grande, aunque creo que no seré así de linda porque mi pelo es una mata de rulos desparejos; y mi cintura, algo rolliza y sin forma.

Una vez Josefina me preguntó cuál de todas las primas me parecía más linda, y yo le dije “Son iguales de lindas”; pero le mentí porque para mí la mejor es Estela.

Estela es la mayor de todas. Es alta, delgada, un rostro que parece escapado de las revistas de la mesa. Sin embargo a su lado no me siento tan fea, quizá por ser ella la única a quien la belleza parece no importarle demasiado. A veces me cuenta cuentos que yo luego ilustro en mi cuaderno; también, a pedido mío, completa mis dibujos con un par de trazos hábiles y rápidos. Rara vez se queda tejiendo con las otras porque siempre anda muy ocupada: es maestra y, además, estudia en la universidad. Suele venir, eso sí, a tomar el café de la sobremesa con la abuela; conversa un ratito y pronto se despide porque –dice– tiene que preparar sus clases.

Pero, esta siesta de invierno, Estela se ha quedado sin prisas a compartir la rueda con las demás: mira divertida las revistas que le alcanzan, y ríe comparando su flamante bufanda de angora blanca con los muchos modelos similares que lucen las mannequins de las páginas que se abren y cierran entre sus manos. Acaba de recibir por encomienda esa bufanda –que arranca exclamaciones y muestras de admiración en la rueda–; la ha enviado de regalo Eduardo, su novio, que estudia y trabaja en Buenos Aires.

–Mañana cumplimos tres años –nos cuenta Estela–. Es un regalo de aniversario.

Las tías y las primas, mamá y la abuela, todas, hacen comentarios y se pasan una a otra la larguísima bufanda blanca. Se la miden, se envuelven con ella, qué divina, qué fina, que sabés lo que cuesta una de éstas… que te la ponés con cualquier cosa y quedás elegantísima, pero dejen de tocarla tanto que le ensucian la bufanda a Estelita.

Y Josefina, que es la vanguardia en los temas de la moda, comienza a hablar sobre las numerosas posibilidades de la prenda y hasta improvisa una pasarela en el comedor para hacer demostraciones. La bufanda es realmente de sueños, y a Josefina –alta, como Estela– le cuelga hasta las pantorrillas.

Pero, ¿y eso que hay en el estuche? Alguien se apura a sacar lo que queda aún de la encomienda.

– ¡Miren! Un gorro y unos guantes que completan el juego.

–Ah, no –Estela protesta –; yo no pienso salir con ese gorro.

Josefina retoma la palabra, dice que debe usar el conjunto, que en Buenos Aires todas las chicas salen así. Y mientras le acomoda a su dueña uno por uno los accesorios en cuestión, sigue hablando y dando consejos: que es modernísimo, que mirá, así, qué finura; y, además, todo esto va con botas de media caña, sólo con botas: no es cuestión de ponérselo con cualquier cosa y entorpecer la armonía del atuendo. Estela la deja hacer, sonriendo obediente, y gira sobre sí para mostrarse con el conjunto de angora completo. Josefina se entusiasma con su disertación sobre accesorios de lana, abre una y otra revista, apoya sus dichos en las fotos del figurín, elogia, compara, crea, diseña su propia bufanda… pero Estela ya no la escucha: ha salido al patio porque en el zaguán hay una niña que golpea las manos.

Yo detengo mi lápiz y miro a través de la mampara. La voz de Josefina sigue sonando como una música de acordes monótonos. Afuera, Estela parece hablar con la niña que ahora avanza y se detiene frente a ella en la mitad del patio. Es menuda y sucia: su cabecita despeinada no tiene ningún brillo, lleva un vestido ligero que no se compadece con la fría estación del año. Veo sus pies –oh, Dios– mal cubiertos por unas sandalias que le que quedan grandes y dejan a la intemperie unos dedos diminutos y morenos.

Josefina ha dejado ya de hablar. Todas miran hacia el patio. La abuela, siempre práctica, va hasta la cocina y saca de la alacena lo que queda del pastel de carne del almuerzo. Sale con el pastel, pero se detiene mirando a Estela, que ahora se quita el gorro y se lo mide a la niña… se saca los guantes, se los hace calzar a la niña… Ésta sonríe y se lleva las manos a las mejillas, como probando la suavidad de los guantes. Luego, gira la cabeza hacia el zaguán: ahí un muchachito, más menudo y peor abrigado que la chiquita, se asoma y avanza con los ojos fijos en el trozo de pastel que la abuela –petrificada junto a una maceta de geranios– sostiene aún sin decidirse a alcanzárselo a la niña porque teme (estoy segura de ello) que se manchen los guantes de Estela, que la niña acaba de ponerse. Al ver al chico, la abuela sale de su turbación y le ofrece el pastel a él. Sin dudas andan juntos; los dos sonríen y salen (¡ella con el gorro y los guantes!) repartiéndose en porciones el trofeo comestible. Estela sigue en el patio. Ahora los dos niños se detienen en la mitad del zaguán. Parece que mi prima les ha dicho que esperen y va hacia ellos. Aunque bajo los efectos de la consternación que la locura de Estela les produce, no deja de causar gracia a las otras el aspecto de la pequeña mendiga, con guantes y gorro de impecable angora. Nuevamente frente a los niños, Estela se despoja de la bufanda y envuelve con ella al muchacho: le da tantas vueltas al cuerpito que casi lo inmoviliza.

– ¡Qué hace!

Aquí en el comedor cunde la alarma.

– ¡Se ha vuelto loca!

–Siempre lo estuvo.

–Ay, esta chica –protesta la abuela entrando desde el patio con la nariz roja de frío–, como si les sirviera de algo a estos pobres infelices un conjunto de angora blanco.

Estela vuelve al comedor medio tiritando y acerca sus manos a la salamandra encendida. Algunas voces intentan recriminarle su falta de cordura, pero se apagan ante la impavidez de la prima mayor con las manos aún extendidas hacia la estufa.

La Virgen, extrañamente, logra pasar en medio de tantas mujeres parlanchinas, y el silencio puede ser infinito si yo no intervengo para decir por la abuela:

–Pasó la Virgen.

Pero a nadie parece importarle.

Me dirijo a la abuela: –Abuela, pasó la Virgen.

Ella se vuelve a mí y asiente con la cabeza como dándome la razón, y nada dice. Sigue siendo Estela el centro de todas las miradas, y entonces Mónica hace una pregunta puntual:

–Y ahora, ¿qué le vas a decir a Eduardo?

Ella instala una sonrisa en su cara de tapa de revista y se encoge de hombros por toda respuesta. Luego se levanta, besa a la abuela y agrega con voz quebrada pero sin dejar de sonreír:

–Que era una bufanda muy hermosa, ¿verdad abuela? Ahora, chau, me voy a preparar mi clase de mañana.

Apenas sale, las chicas reanudan por lo bajo sus manifestaciones de repudio a los sucesos del patio. Hablan entre ellas: sus voces, sus manos, sus gestos se alían para proclamar la insensatez de la prima. Pero la abuela cambia de tema abruptamente. Y no se habla más del asunto. Ni se hablará –creo– en los días sucesivos.

La Virgen pasa a cada rato y yo hundo la cabeza en mi cuadernito pero no logro concentrarme en el dibujo: los rostros me salen sin ninguna simetría, y los cuerpos tiesos y sin gracia, como si no los dibujara yo, como si los hiciera un chico de primer grado… Y es que en realidad no estoy aquí, porque mi alma de nueve años deambula acorralada entre estas cuatro paredes, y al fin se escapa del comedor al patio, cruza el zaguán, sale al frío de la ciudad… Y se va detrás de dos niños vagabundos, más o menos de mi edad, que atraviesan las calles desiertas, con un blanco conjunto de angora para dos, mal combinado con zapatos precarios, y a total contrapelo de los sabios consejos de Josefina.

 

 

 

Olvidos

Dicen que me olvidaste…

No sé Sólo recuerdo…

te olvidaste aquel libro

-nada-

un puñado de hojas numeradas.

¿Me dejabas?

Sí, creo…

Y me dejaste…

…me dejaste un pasaje de ida…

un país extraño…

un tiempo remoto…

un amor clandestino

palpitando

enredando

humedeciendo el velo de las letras impresas.

Me dejaste

-encuadernados en ese olvido-

los papeles necesarios

para iniciar el viaje,

para volar…

para olvidarte.

 

 

 

Sol

Yo no buscaba el sol.

Yo caminaba…

 

Para no que no se oyera

el rumor hueco

de las hojas muertas,

tapaba mis oídos

y postergaba otoños anunciados.

Andaba y desandaba

los caminos

de una penumbra

mansa (o amansada)

–música, bostezo,

deber cumplido,

palabra dada– penumbra:

 

penumbra segura,

penumbra mansa

camino

manso.

 

Y fue que

apareciste…

Sólo asomaste, sol,

a susurrar sueños sensibles

y secretos…

sueños tibios:

me entibiaste,

sueños de luz:

me iluminaste

–sol–

despertaste los brotes,

encendiste la hoguera,

–hojas secas y verdes–

me quemaste