Sánchez Julio César

Nació en 1946. Se recibió de Maestro Normal Nacional en Chilecito, provincia de La Rioja, y de Arquitecto en la Universidad Nacional de Córdoba.

Su quehacer literario incluye la publicación de seis libros de cuentos, novela y poesías: recibió premios en el ámbito municipal, provincial y distinciones en el ámbito regional, asimismo sus trabajos fueron publicados en estos ámbitos.

  • En 2010 publicó su primer libro de cuentos “Hallados en pueblos abandonados”;
  • En 2011 su segundo libro de cuentos, en una edición compartida con la escritora Mercedes Olmedo, integrando el Sexto Libro de la Colección “Los papeles que nunca nos unieron”, fue publicado por la Dirección de Bibliotecas Populares de la Municipalidad de La Rioja;
  • En 2011 su cuento “Guah, había llegado la chaya” recibió el Segundo Premio en el Concurso de Cuentos “Febrero Chayero”, organizado por la Dirección de Bibliotecas Populares de la Municipalidad de La Rioja;
  • En 2012 su cuento “El hijo del pelador” recibió Mención Especial en el Concurso de Cuentos organizado por la Secretaría de Cultura de la provincia de La Rioja;
  • En 2012 su serie de “Cuentos breves” recibió Mención Especial en el Concurso “Tengo poco para decir”, organizado por la Dirección de Bibliotecas de la Municipalidad de La Rioja;
  • En 2013 sus relatos “La sequía” y “El muerto por la sed”, dos de sus cinco relatos contenidos en “Pentagrama del Árido”, recibieron Menciones Especiales en el Concurso Literario Regional del Noroeste (Género Microrelatos) organizado por el Consejo Regional Norte Cultura y fueron publicados en 2.014 en el Libro “En pocas palabras”, Microficciones del Noroeste;
  • En 2013 su serie de relatos “Tríptico del Agua” es publicada, integrando el Libro 3, de la Antología de Escritores Riojanos “Invitados a escribir”, editado por la Biblioteca Popular “Ciudad de Los Naranjos”;
  • En 2016 su cuento “Los dos hermanos” recibió el Tercer Premio en el Concurso de Cuentos de la “Feria del Libro La Rioja 2016” y fue incluido en la Antología de Cortos “Concurso La Feria del Libro La Rioja 2005/16”, publicada por la Secretaría de Cultura de la provincia de La Rioja en 2017;
  • En 2017 publicó su novela “La sed del escarabajo”;
  • En 2017 su cuento “El círculo” recibió el Segundo Premio en el Concurso de Cuentos de la “Feria del Libro La Rioja 2017”;
  • En 2017 publicó su primer libro de poesía “Los poemas de Victoria”;
  • En 2018, su cuento “El pujllay”, fue publicado en la Antología correspondiente al “Tercer Encuentro Interprovincial de Narrativa Popular y Poesía del Noroeste”, Colección UPCN en las Letras, Unión del Personal Civil de la Nación, Ciudad Autónoma de Buenos Aires;
  • En 2019, publicó su segundo libro de poesía “Soltados de la mano. Ángeles y demonios por afuera del orden”.
  • En 2020, sus microcuentos “El que se fue” y “El bayo y el hombre” recibieron Menciones Especiales, en el Concurso Literario Chaya 2020, 3° Concurso de Microcuentos “Te cuento La Chaya”.

 

Pentagrama del árido

  • La sequía

Dicen que a campos verdes se va la lluvia lejos de estos secadales y vuelve a los siete años. Pero esta vez no ha vuelto, y ya no le rogamos. Ahí le dejamos el pozo/el balde/la roldada/sus enseres. Ya no habrá quién le rece, polvo nomás quedamos.

  • Cabriteros

Celebran los nacimientos y los adornan con collarcitos de lana roja, brillosos los ojos bajo el cielo brilloso. Les dan de mamar de su desesperanza para quedarse al final con el balido. Pero las pariciones otra vez y otra vez, hacen girar la rueda.

  • La acequia

Como un corazón viejo hace llegar a las melgas el último hilito de cristales. Yo los siento clavarse como cuarzos filosos a la izquierda del pecho, que bombea sofocado arrastrando arenas, coágulos y guijarros.

  • Éxodo

Cargarán los niños y se abrazarán al último paisaje.

  • El muerto por la sed

Se retuerce y resiste alucinado, hasta que se le desprende del cuerpo el alma evaporada.

 

 

Mención: concurso regional de microrrelatos Tercer Concurso Literario Regional del Noroeste género Microrelato, organizado por el Consejo Regional Norte Cultura, Año 2013

 

Los dos hermanos

Sus primeros recuerdos comunes acaso fueron el del sabor de la leche de cabra ordeñada en los chiqueros o el de la caliente sangre degollada, cruda o en la chanfaina. Desde niños jugaron o pelearon, para ellos era lo mismo sin que ninguno quisiera ser menos, rodando sobre el suelo polvoroso y lastimándose la piel ruda, para después correr a la represa a meter sus cuerpos en el agua acariciadora pisando mariposas sedientas y ahuyentando pájaros. En sus últimos instantes, fragorosos, quizás se acordaron uno del otro mientras lamían la propia sangre que les cubría la cara, que se coagulaba como la distante memoria de sus días.

Habían nacido en los llanos ardientes y con el tiempo se parecerían a ese paisaje de los caseríos magros, duros y enjutos: los llanos, sin más alardes que la floración amarilla del monte en la primavera deslumbrada, presurosa y breve; y ellos, sin más lujo que el coraje y la bravura sin prisa y sin tiempo. Hablaban poco y sin usar la lengua. Sus voces eran ásperas, guturales, que el paladar emitía más como toses esdrújulas que como palabras de un idioma. A sus actos los marcaba el corazón ardiente, a sus pasiones el músculo y la carne animosa. A su visión del universo la enaltecía el derecho a la libertad.

Crecieron hermanados por la amistad sin deslealtades y los dos eran tan parecidos que eran casi uno, en el asalto a la caballada arisca que bajaba a la aguada, en el corte de la yugular del bovino que abre torrentes de estertores húmedos, en la bocanada de sueño a tripa llena de la siesta que pueblan las moscas. Ya jóvenes, cada uno siguió su camino. Debieron alejarse porque necesitaban su lugar en el mundo, y la búsqueda tiene recorridos que a veces no se pueden compartir. En ocasiones les pareció verse, a lo lejos, desdibujados. En otras se presintieron cerca, escondidos, como si uno esperara del otro el asalto torpe y descomedido, como cuando jugaban o peleaban siendo pequeños.

Sus afanes por vivir en libertad les acarrearon enemigos desleales y traicioneros y vidas errantes sin sosiego, pero también respeto y adhesión y necesidad de cobijo por parte de los suyos. Fueron perseguidos, debieron huir y también perseguir. Los buscaron para matar y a veces debieron entreverarse en la matanza. En ocasiones victoriosas, se pararon sobre los cuerpos de los perseguidores muertos. En la soledad del llano ensangrentado, terminada la lucha y atenuados los gritos, el estrépito y la polvareda, tal vez acunaron el sueño con el recuerdo de aquellos días en que ambos fueron felices.

En el último día, uno de los tigres es alcanzado. Se eleva sobre su estatura para enfrentar a los perros y a los hombres a caballo que lo encierran. Ruge, se abalanza a zarpazos y a dentelladas fieras. Las obstinadas lanzas lo atraviesan. Un disparo final en el ojo cierra su ciclo de desventuras, de libertad y de gloria. Nunca sabrá ese tigre que aquella misma noche, lejos del llano que los viera crecer y hermanarse, el otro, Facundo Quiroga, cae muerto por un disparo en el ojo y, como a él, la sangre caudalosa le ahoga la garganta.

Tercer Premio en el Concurso de Cuentos “Feria del Libro 2016”

El círculo

Aunque no se sentía empeorar, el viejo supo que moriría esa noche. Encogió las rodillas bajo las cobijas heladas, cruzó las manos sobre el pecho y se dejó estar, mientras la tos lo agitaba menos que los recuerdos. Buscó escapar hacia bosques perfumados, hacia alturas de aire puro y hacia apacibles hogares donde la leña encendida calentara y dibujara figuras con llamas, chispas y brisas onduladas… pero no alcanzó a hacerlo. Dos recuerdos le golpearon la puerta.

Un ómnibus se detuvo en la soledad de la noche bajo la bóveda del cielo que parecía estallar de estrellas y de luna. Un joven descendió del vehículo con equipaje ligero y caminó mientras el motor se alejaba entre bramidos inconsolables. Hacía frío y el grito de un zorro andaba por esa tierra que no parecía habitada. El ruido de los pasos en la arena pedregosa se mantuvo sostenido por un tiempo, mientras las figuras que dibujaban las estrellas escapaban detrás de las ondulaciones del horizonte. La incertidumbre del alba dejó ver y ocultó a lo lejos, en un juego sin prisa, formas que después fueron eucaliptos inclinados por el viento, una casa sola, unos palos que bajaban por la ladera hasta hacerse alambrado, un caballo ensillado… El joven se dirigió hacia ellos con la decisión de quién va a entrar a un escenario que le exigiría jugar un rol que no tenía aprendido. Los gritos de un hombre y una mujer, que estremecieron la madrugada, fueron silenciados por la acometida del viento entre los árboles. Después, el joven salió ensangrentado y con el alma apuñalada por el engaño. Desanduvo los pasos y se alejó, errante, a través de la soledad que lo oprimiría para siempre. Alguna vez volvió a ese lugar desolado, pero nunca pudo volver a ser el mismo.

Unos árboles rodeaban la casa y el perfume de eucalipto ennoblecía el aire. La lluvia persistente y las hojas caídas le daban al suelo el blando y el amarillo de la melancolía, y la leña cortada y el humo en la chimenea anticipaban el calor del hogar. El hombre errante, que traía mojada la ropa, barro en las botas y traición y desamor en su historia y sus entrañas, se acercó a la casa sin ser visto, miró por la ventana entreabierta y sintió que la respiración se le alteraba y el deseo le subía abultado desde los genitales. Aunque dudó primero, decidió entrar y tomar por asalto lo que necesitaba y creía pertenecerle. Se valió de la ventaja de la sorpresa; y se regodeó con la lucha, la respiración entrecortada, la saliva y el carmín de la boca entreabierta y la sangre de las dentelladas, y con el contacto profundo con el cuerpo derribado y desnudo de la mujer sola. Fue un momento de locura y de gloria. Después, huyó como una fiera saciada a refugiarse en los confines de los territorios del olvido. Estando lejos y perseguido, quizás le hubiera gustado retroceder hacia ese territorio de melancolía.

Unos golpes a la puerta, hicieron regresar al moribundo de sus cavilaciones. Sin esperar a que atendieran, una figura venida desde la noche entró al redondel que dibujaba la lámpara. Por un instante, el viejo pensó en aquella lejana mujer y en el perfume del eucalipto. No hubo presentaciones, pero el que esperaba morir vio el rostro del recién llegado y el puñal amenazante, y le pareció verse a sí mismo joven, o a un hijo suyo enardecido por el rencor que alimentan las historias de abusos y abandonos. No sintió temor, más bien sintió resignación porque el puñal, que ya lo atravesaba, cerraba su círculo de desdichas y condenaba a su propia sangre a repetir la vida que él no hubiera querido tener. El ruido de los pasos en la arena pedregosa se mantuvo sostenido por un tiempo. La noche alumbrada dejó ver que iban quedando atrás los árboles inclinados por el viento, la casa sola y los palos que bajaban por la ladera hasta hacerse alambrado. Un ómnibus, repitiendo el círculo incesante, se detuvo en la soledad de la noche bajo la bóveda del cielo que parecía estallar de estrellas y de luna. El joven subió al vehículo, y el motor se fue alejando entre bramidos inconsolables.

 

Segundo Premio en el Concurso de Cuentos de la “Feria del Libro 2017”

 

El bayo y el hombre

El jinete dejó atado a su caballo y se adentró, jubiloso, en el torbellino de la chaya.

Algunos años después lo recordó y regresó apresurado, pero su caballo y él todavía no habían llegado.

Tercera mención, concurso de cuentos “Chaya 2020”

 

El chumao

El vino, el golpe del tambor y el olor de la albahaca, poco a poco dejaron de embriagarme. Sobrevolé a los copleros y más allá a los bailarines, al patio enharinado y al canal de agua rumoroso, y me fui.

No sé cuándo se habrán dado cuenta de mi muerte.

 

Segunda mención, concurso de cuentos “Chaya 2020”